“Segmentar la Ciudad del resto de la región metropolitana de Buenos Aires obstaculiza soluciones eficientes”, según estudio sobre movilidad y pandemia


Un estudio de investigadorxs del CONICET y universidades nacionales analiza las prácticas de cuidado y las percepciones sobre el viaje en el transporte público colectivo en la Región Metropolitana de Buenos Aires (RMBA), apunta contra una gestión del transporte que se reduzca a los grandes flujos de desplazamiento de la población como única variable para pensar el transporte y señala la alternativa de jerarquizar las prácticas de lxs usuarixs y la integralidad de otros modelos de movilidad.

Desde que se implementaron las medidas sanitarias de distanciamiento y aislamiento social, preventivo y obligatorio por la pandemia, un espectro recorre la región metropolitana: el del contagio del COVID-19 en el transporte público. Los gobiernos, tanto de carácter nacional como provinciales, han desincentivado el uso del transporte público masivo de pasajerxs (hoy en día, exclusivo para trabajadorxs esenciales) y han puesto restricciones a la circulación y controles de tránsito con el fin de evitar la movilidad interdistrital.

Esta situación despertó el interés en un grupo de investigadorxs compuesto por Dhan Zunino Singh (CONICET-UNQ), Verónica Pérez (CONICET-UNSAM/UBA), Candela Hernández (CONICET-UBA) y Maximiliano Velázquez (UBA), que venía estudiando experiencias de movilidad y elaboraron una encuesta para conocer las prácticas de cuidado y las percepciones sobre el viaje en el transporte público colectivo de la RMBA durante la pandemia (1).

Como el temor al contagio está principalmente relacionado al contacto físico estrecho con otrxs, emerge como preocupación el transporte, en el que debido a las características (y deficiencias) estructurales de los servicios la proximidad entre personas gana intensidad. Si bien no es el único espacio social en el cual la aglomeración es regular (bancos, comercios, hipermercados, entre otros), el transporte es percibido como uno de potencial riesgo al contagio por parte del 76% de lxs encuestadxs y también la duración del viaje aparece como una variable que interviene en este sentimiento de temor.

Para reconocer los nudos críticos de la movilidad en este contexto, al material cuantitativo producto de la encuesta lo entrecruzaron con su experiencia en el campo y con observaciones de datos provistos por distintos informantes clave que estaban viajando en transporte público y a quienes les pidieron el registro de su experiencia por escrito, fotografías o audios. En diálogo con Urbe, lxs investigadorxs responsables del estudio “Movilidad pública, activa y segura” analizaron sus resultados y además compartieron una serie de reflexiones y recomendaciones a partir de su trayectoria en este campo de estudios.

“El norte de la toma de decisiones debiera ser elaborar medidas orientadas a disminuir las probabilidades de contagio en el transporte público. Muchas veces la gestión del transporte tiende a reducirse a los grandes flujos de desplazamiento de la población. Este abordaje, sin dejar de ser necesario, pierde de vista las formas efectivas en las que esos viajes son realizados por las personas”, aseguran lxs investigadorxs. En cambio, proponen que el estudio de los sentidos, representaciones y prácticas que se juegan en la movilidad cotidiana debería informar a las medidas gubernamentales y éstas deberían ser un conjunto que apunte en más de una dirección: integrar modelos de gestión que ordenen la intensidad de los tránsitos, descentralizar los nodos atractores de mayor cantidad de viajes, promover infraestructuras que atiendan a un mejor uso del espacio para la prevención del contagio, crear mecanismos institucionales más rigurosos para la comunicación y aplicación de medidas de prevención, entre otras cuestiones señaladas por ellxs.

Con relación a la percepción que tienen quienes viajan sobre las medidas de distanciamiento físico y las prácticas de cuidado durante los viajes, destacan dos puntos de los resultados que arrojó la encuesta. Primero, la debilidad en la higienización de la tarjeta SUBE (objeto crítico por la amplia circulación que tiene). En segundo lugar, la limpieza o cambio de ropa en los lugares de trabajo, que hipotetizan responde a las dificultades y posibilidades restringidas para aplicar estas medidas de prevención. Es importante tener en cuenta que al momento de realizarse el relevamiento, estaban viajando alrededor de 800 mil pasajeros/as en transporte público del AMBA.

Cuentan lxs investigadorxs que “en dirección a fortalecer y sumar medidas de cuidado, un emergente que surgió con posterioridad a la encuesta es el uso de los teléfonos celulares en contexto de viaje. Pudimos observar que son utilizados con intensidad y es un elemento que está en contacto con las manos o con el rostro y muchas veces se corre el barbijo para grabar un mensaje o mantener una comunicación. Otro emergente de la situación de viaje es la dificultad para mantener el distanciamiento físico al momento de pagar el boleto en los colectivos. Al tener que dirigirse hacia adelante, varios pasajeros se aglutinan en un espacio reducido sin poder mantener la distancia requerida”. Por eso, para mejorar las medidas de prevención sugieren tanto llamar la atención sobre el uso de celulares como cambiar de lugar a las máquinas de pago o reestructurar toda la circulación.

¿Cómo analizan los cambios en el uso de transporte?

Los resultados de la encuesta no expresan una diferencia sustantiva entre las distintas opciones: si bien el 44% de lxs que no usaron transporte público prefirió su auto particular, un 40% prefirió la movilidad activa, es decir, caminar o usar bicicleta. También cabe destacar que el uso del auto aumenta entre quienes residen en la Provincia de Buenos Aires (PBA) respecto a quienes viven en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA). Asimismo, en lo que hace a la movilidad activa y sustentable, también observamos una diferencia entre CABA y PBA, en este caso, a favor de los primeros.

¿Cómo pueden explicarse esas diferencias?

Un elemento para tener en cuenta es que en los viajes que requieren sortear largas distancias muchas veces el uso de la bicicleta se dificulta. Aun cuando existen furgones la cantidad del espacio no es suficiente, los accesos a las estaciones o en las combinaciones modales no facilitan la circulación con bicicleta. Esto último también afecta particularmente a residentes en la CABA porque ocurre principalmente en el subterráneo, donde la falta de funcionamiento de las escaleras mecánicas son el principal problema y los andenes en algunas líneas son muy angostos. Esta situación en contexto de “normalidad” se ve agravada por los altos niveles de hacinamiento, sobre todo en horas pico.

Si bien el uso del auto es una opción en este contexto, la progresiva flexibilización de la cuarentena impone la necesidad de que no se vuelva la única alternativa. A futuro se deberá seguir desalentando su uso en las grandes ciudades atendiendo al conjunto de externalidades negativas que ya conocemos (contaminación, congestión, uso inequitativo del espacio, etcétera). Además de generar más alternativas de movilidad sustentable, mejorar la calidad de los transportes públicos es un camino necesario para hacer atractiva su oferta.

¿Qué medidas implementarían para promover en este contexto la movilidad sustentable en la CABA?

Es importante destacar que no es factible alcanzar estos objetivos sin considerar que la movilidad es metropolitana. Segmentar la Ciudad del resto de la región obstaculiza la producción de soluciones eficientes. Desde nuestra perspectiva la nueva coyuntura nos parece que abre una ventana de oportunidad para que los decisores públicos mejoren las condiciones de movilidad en general y el fomento a la movilidad activa y sustentable en particular.

Algunas experiencias internacionales pueden ser tomadas como modelo -adaptadas a las condiciones locales-, tales como la ampliación del sistema de bicisendas en materia de conectividad o el aumento de la capacidad de los corredores que den prevalencia a estas formas de movilidad en el uso del espacio. Para atender a la coyuntura se pueden tomar de ejemplo los casos de Berlín o Bogotá que destinaron calles o avenidas al uso exclusivo de la bicicleta. Estas medidas tienden a disminuir las probabilidades de contagio entre la población ya que no sólo permiten descargar los transportes públicos, sino también promueven una movilidad activa y segura. En este sentido, fortalecer la oferta del sistema público de bicicletas con los protocolos correspondiente para el cuidado de los usuarios se torna una política prioritaria.

¿Qué pueden aportar las ciencias sociales en este contexto de medidas excepcionales sobre la movilidad y circulación?

Más allá de los distintos elementos que resulten ponderados en la toma de decisiones, en ningún caso puede perderse de vista que, para una porción mayoritaria de la población de la Región Metropolitana de Buenos Aires, prescindir del uso del transporte público no es una opción. Esta premisa básica instala como prioridad que el transporte no puede ser uno de los perdedores de la pandemia. Que eso suceda sería poner aún más en crisis la calidad de vida de los habitantes de la metrópolis.

Este es el punto crítico sobre el que nuestra encuesta y estudios buscan posicionarse: evaluar la recepción que tienen las disposiciones para mitigar las probabilidades de contraer COVID-19 en la representación de los usuarios y las distancias con que éstas se traducen en el campo de la acción. Jerarquizar esta dimensión permitiría tener un acercamiento más acabado de la problemática para aportar a atenderla de manera integral. Esto mismo ocurre al pensar en las experiencias internacionales que puedan ser de inspiración. Como señalamos en esta entrevista, promover modelos externos sin contemplar una adecuada adaptación a las formas de hacer de la población local, pueden acarrear más problemas que soluciones.

Informe: Paloma Dulbecco y Rodrigo Flores.