Las palmas han dejado de obedecer

Matías Segreti*


Ojalá resultara simple identificar el origen, es como si el inicio de la tragedia tuviese voluntad y quisiera estar desprovista de reconocimiento.

Eso sí, durante los primeros días todavía flotaba en el ambiente un halo de normalidad. Almagro es un barrio normal, mi departamentito es normal. La cocina chata, un living moderado sin cuadros, un dormitorio que tiene dificultades de iluminación. El balcón típico que da a un pulmón, un pulmón señoras y señores, un laberinto de cables en desuso, retaguardias de lavaderos, patios ensombrecidos, el acecho de un vecino que le gusta pasear su torso combado y lanudo. Un helecho descolorido y un aloe vera, para lastimaduras, precavida recomendación de mamá, visten la superficie. Sé que las dos sufren, me cuesta ofrecer agua. Pero no vengo a hablar de mi casa, no soy un agente inmobiliario. Acá el asunto son las palmas.

No me molesta aceptar que celebré la decisión del aislamiento. La maravilla del encierro, esas fueron mis palabras. Mi espíritu domesticado por la ley del esfuerzo menor, ver series, leer, dormir, permanecer agarrotado a la misma vestimenta, confortable, salir de casa si acecha un enemigo invisible, ridículo. Dos veces al día me conecto para trabajar, medias de lana, short respingado y una camisa que varío cada día, solo para disgustar al discreto de mi jefe. Elijo el ángulo de la cámara para que los vellos enrulados del muslo no se vean. Otra vez el pecado, no vengo a hablar de mi trabajo, necesito hablar de las palmas.

Fue durante las primeras noches. Destapé el vino que tenía en la alacena, buena temperatura, tintes violáceos, patrón de frutos rojos. Unas aceitunas flotaban en salmuera, qué delicia el aislamiento.

Afuera algo desviaba mi atención de la humedad del corcho. Empezó como un zumbido, un malestar exterior que iba ocupando los agujeros del silencio. Abrí la puerta del balcón, un aplauso sostenido crecía como una ola invadiendo mi tranquilidad. Sin pensarlo, comencé también. Me sumé al coro irregular que se manifestaban como una red invisible en el manto de la noche. Con sinceridad no sabía muy bien por qué lo hacía, pero imaginé que era un elemento de solidaridad del que había que ser parte. Terminó rápido, volví al vino y las aceitunas. Esa misma noche prendí el televisor y me enteré, habíamos decorado el país con loas para reconocer el trabajo de los médicos, de los enfermeros. Sonreí, acabé el vino.

Las noches siguientes fueron difusas, de voluntades en pugna. A las nueve, sin importar qué estuviera haciendo, mi cuerpo me obligaba a presentar en la platea del hogar y rendir homenaje a la multitud de soldados sanitarios. Una repetición cotidiana que al principio no forzó mi reflexión, ¿a quién no le parece bien reconocer el cuidado de combatientes anónimos? La marcha de la normalidad invitaba a cumplir con el rito de totemización, aunque a veces estuviera ocupado en otras cosas de relevancia. Ningún inconveniente, hasta la noche que obligado en la actividad de mis intestinos y sentado sobre el inodoro, sonaron los primeros aplausos. Mis palmas convencidas de su propósito con la salubridad, presionaron para que me deslice hacia el balcón. Puedo afirmar que prácticamente no hubo tironeo, fui arrastrado con agresividad y de manera involuntaria al exterior, mis manos empezaron a aplaudir, incluso, para mi vergonzosa moral, sin dejarme levantar los pantalones. La ceremonia duró tres minutos.

No me molesta aceptar que celebré la decisión del aislamiento. La maravilla del encierro, esas fueron mis palabras. Mi espíritu domesticado por la ley del esfuerzo menor, ver series, leer, dormir, permanecer agarrotado a la misma vestimenta, confortable, salir de casa si acecha un enemigo invisible, ridículo. Dos veces al día me conecto para trabajar, medias de lana, short respingado y una camisa que varío cada día, solo para disgustar al discreto de mi jefe. Elijo el ángulo de la cámara para que los vellos enrulados del muslo no se vean. Otra vez el pecado, no vengo a hablar de mi trabajo, necesito hablar de las palmas.

Fue durante las primeras noches. Destapé el vino que tenía en la alacena, buena temperatura, tintes violáceos, patrón de frutos rojos. Unas aceitunas flotaban en salmuera, qué delicia el aislamiento.

Afuera algo desviaba mi atención de la humedad del corcho. Empezó como un zumbido, un malestar exterior que iba ocupando los agujeros del silencio. Abrí la puerta del balcón, un aplauso sostenido crecía como una ola invadiendo mi tranquilidad. Sin pensarlo, comencé también. Me sumé al coro irregular que se manifestaban como una red invisible en el manto de la noche. Con sinceridad no sabía muy bien por qué lo hacía, pero imaginé que era un elemento de solidaridad del que había que ser parte. Terminó rápido, volví al vino y las aceitunas. Esa misma noche prendí el televisor y me enteré, habíamos decorado el país con loas para reconocer el trabajo de los médicos, de los enfermeros. Sonreí, acabé el vino.

Las noches siguientes fueron difusas, de voluntades en pugna. A las nueve, sin importar qué estuviera haciendo, mi cuerpo me obligaba a presentar en la platea del hogar y rendir homenaje a la multitud de soldados sanitarios. Una repetición cotidiana que al principio no forzó mi reflexión, ¿a quién no le parece bien reconocer el cuidado de combatientes anónimos? La marcha de la normalidad invitaba a cumplir con el rito de totemización, aunque a veces estuviera ocupado en otras cosas de relevancia. Ningún inconveniente, hasta la noche que obligado en la actividad de mis intestinos y sentado sobre el inodoro, sonaron los primeros aplausos. Mis palmas convencidas de su propósito con la salubridad, presionaron para que me deslice hacia el balcón. Puedo afirmar que prácticamente no hubo tironeo, fui arrastrado con agresividad y de manera involuntaria al exterior, mis manos empezaron a aplaudir, incluso, para mi vergonzosa moral, sin dejarme levantar los pantalones. La ceremonia duró tres minutos.

No me molesta aceptar que celebré la decisión del aislamiento. La maravilla del encierro, esas fueron mis palabras. Mi espíritu domesticado por la ley del esfuerzo menor, ver series, leer, dormir, permanecer agarrotado a la misma vestimenta, confortable, salir de casa si acecha un enemigo invisible, ridículo. Dos veces al día me conecto para trabajar, medias de lana, short respingado y una camisa que varío cada día, solo para disgustar al discreto de mi jefe. Elijo el ángulo de la cámara para que los vellos enrulados del muslo no se vean. Otra vez el pecado, no vengo a hablar de mi trabajo, necesito hablar de las palmas.

Fue durante las primeras noches. Destapé el vino que tenía en la alacena, buena temperatura, tintes violáceos, patrón de frutos rojos. Unas aceitunas flotaban en salmuera, qué delicia el aislamiento.

Afuera algo desviaba mi atención de la humedad del corcho. Empezó como un zumbido, un malestar exterior que iba ocupando los agujeros del silencio. Abrí la puerta del balcón, un aplauso sostenido crecía como una ola invadiendo mi tranquilidad. Sin pensarlo, comencé también. Me sumé al coro irregular que se manifestaban como una red invisible en el manto de la noche. Con sinceridad no sabía muy bien por qué lo hacía, pero imaginé que era un elemento de solidaridad del que había que ser parte. Terminó rápido, volví al vino y las aceitunas. Esa misma noche prendí el televisor y me enteré, habíamos decorado el país con loas para reconocer el trabajo de los médicos, de los enfermeros. Sonreí, acabé el vino.

Las noches siguientes fueron difusas, de voluntades en pugna. A las nueve, sin importar qué estuviera haciendo, mi cuerpo me obligaba a presentar en la platea del hogar y rendir homenaje a la multitud de soldados sanitarios. Una repetición cotidiana que al principio no forzó mi reflexión, ¿a quién no le parece bien reconocer el cuidado de combatientes anónimos? La marcha de la normalidad invitaba a cumplir con el rito de totemización, aunque a veces estuviera ocupado en otras cosas de relevancia. Ningún inconveniente, hasta la noche que obligado en la actividad de mis intestinos y sentado sobre el inodoro, sonaron los primeros aplausos. Mis palmas convencidas de su propósito con la salubridad, presionaron para que me deslice hacia el balcón. Puedo afirmar que prácticamente no hubo tironeo, fui arrastrado con agresividad y de manera involuntaria al exterior, mis manos empezaron a aplaudir, incluso, para mi vergonzosa moral, sin dejarme levantar los pantalones. La ceremonia duró tres minutos.

Desde ese día empecé a prever el horario y a tratar de sincronizar mi vida, mejor dicho, la vida de una gran porción de mi cuerpo para liberar las palmas y que obedezcan esa fuerza superior. Funcionó sin sobresaltos. Ojalá hubiese terminado allí.

El problema, el conflicto real comenzó después. Hasta ese momento manejábamos cierta cordialidad entre las palmas y el resto de mi existencia. Una especie de compromiso vital, una concesión sin reproches.

Bestias de la noche, infames que cambiaron el ritual. Algunos minutos después de una jornada de estricto cumplimiento con el homenaje, comenzó un nuevo aullido con forma de batidas de palmas. Sentí la extrañeza del bis. ¿Otra vez? ¿Por qué? Un lateral de mi cuerpo vibró, la respuesta simétrica fue el entumecimiento. Mi mano derecha empezó a querer encontrarse con la izquierda, buscar el aplauso sólido que provocara la reducción del sueldo de los políticos, de esto me enteré tiempo después. La siniestra la rechazó.

A partir de esa noche una batalla se libra entre los miembros, que padecen la contractura de los cuencos intentando chocar o alejarse. Un sector pregona rebaja, el otro argumenta rechazo. Mi cuerpo, espectador, es lo más parecido a una hierba en tiempo de cosecha. Las contradicciones que chocan en las tribunas del parlamento y en las piedras de la calle, encuentran la síntesis en mis manos. Anteayer llegó un mensaje al teléfono, “veinte horas aplaudimos a los bomberos”. Brujería, a la hora exacta la palma izquierda intentó emprender contra la otra, la derecha se puso insoportable, frenética. La batalla varía cada noche, según cambie el rito. Mi aflicción permanece. Hablé con especialistas, no quieren aventurarse a un diagnóstico. Últimamente mis dedos se han acoplado al resto de la mano. Partes de mi cuerpo han tomado conciencia, la humanidad es fragmentaria. La única comulgación es a las veintiuna. En ese momento, la contienda hace un alto y prima el acuerdo inicial como si se tratara del himno. El noticiero habla de la organización de un nuevo evento para hoy, veintiuna treinta, por los jubilados. Conozco de buena fuente que se está preparando un homenaje a los policías, la semana que viene.

La situación es violenta, el encierro se extiende, la noche es nada excepto la decisión de mis palmas.

*Matías Segreti es escritor


30 de abril de 2020