Habitar la pandemia
Juan Pablo Negro*
Existen acontecimientos en la historia de la humanidad que marcan un antes y un después. Sin embargo, a menudo estos grandes sucesos hacen emerger procesos que previamente se encontraban latentes, invisibilizados o con escaso interés para la opinión pública mediatizada.
La pandemia COVID19 nos interpela globalmente en infinidad de aspectos sustanciales como la macroeconomía, la geopolítica y la salud pública pero además existen muchos factores que están modificando los modos de habitar domésticos y urbanos.
El distanciamiento social y el confinamiento alteran nuestros hábitos poniendo en crisis algunos supuestos sobre la vida urbana que dábamos por aceptados, aunque aún resulta una incógnita si algunas de estas modificaciones se sostendrán una vez superada la emergencia sanitaria.
En la historia urbana de Buenos Aires es ineludible referirse a la epidemia de fiebre amarilla que entre 1870 y 1871 produjo la muerte de más de 14.000 personas, aproximadamente el 8% de la población de ese entonces.
Este hecho generó grandes cambios en la ciudad. El desplazamiento de los sectores de mayor poder adquisitivo al norte de la urbe terminó definiendo un modelo de desarrollo urbano (y de especulación inmobiliaria) que más de 150 años después continúa consolidándose en el corredor norte. La Buenos Aires aldeana con servicios públicos escasos y centros de salud básicos fue mutando en una metrópolis. En 1873 se iniciaron las obras de desagües cloacales y pluviales que todavía siguen brindando ese servicio esencial. Hacia 1875 comenzó a hacerse la recolección domiciliaria de residuos, se inauguró el Cementerio de Chacarita y hacia la década del 80 empezaron a construirse los hospitales pabellonales, que siguen formando parte medular de la salud pública del AMBA, como los hospitales Ramos Mejía, Pirovano, Álvarez, Muñiz y Tornú. La ciudad del higienismo se abría paso al ritmo de la modernidad y de la inmigración.
Lo mismo ocurriría con las tipologías de vivienda. El conventillo inevitablemente asociado al hacinamiento y la falta de salubridad, pero también a la socialización y el intercambio, debido a cambios normativos que limitaban su superficie y cantidad de habitaciones, dio lugar a la nueva tipología de la inmigración: la casa chorizo. Esta tipología más pequeña y destinada al uso familiar, motivó un modo de habitar lo colectivo diferente al del conventillo, además de expandir rápidamente las fronteras de la ciudad gracias al desarrollo de las redes de infraestructura y transporte. De esta manera comenzaron a consolidarse los “nuevos” barrios de Palermo, Villa Crespo, Almagro, Chacarita, Boedo, Floresta, entre otros.
El distanciamiento social y el confinamiento alteran nuestros hábitos poniendo en crisis algunos supuestos sobre la vida urbana que dábamos por aceptados, aunque aún resulta una incógnita si algunas de estas modificaciones se sostendrán una vez superada la emergencia sanitaria.
En la historia urbana de Buenos Aires es ineludible referirse a la epidemia de fiebre amarilla que entre 1870 y 1871 produjo la muerte de más de 14.000 personas, aproximadamente el 8% de la población de ese entonces.
Este hecho generó grandes cambios en la ciudad. El desplazamiento de los sectores de mayor poder adquisitivo al norte de la urbe terminó definiendo un modelo de desarrollo urbano (y de especulación inmobiliaria) que más de 150 años después continúa consolidándose en el corredor norte. La Buenos Aires aldeana con servicios públicos escasos y centros de salud básicos fue mutando en una metrópolis. En 1873 se iniciaron las obras de desagües cloacales y pluviales que todavía siguen brindando ese servicio esencial. Hacia 1875 comenzó a hacerse la recolección domiciliaria de residuos, se inauguró el Cementerio de Chacarita y hacia la década del 80 empezaron a construirse los hospitales pabellonales, que siguen formando parte medular de la salud pública del AMBA, como los hospitales Ramos Mejía, Pirovano, Álvarez, Muñiz y Tornú. La ciudad del higienismo se abría paso al ritmo de la modernidad y de la inmigración.
Lo mismo ocurriría con las tipologías de vivienda. El conventillo inevitablemente asociado al hacinamiento y la falta de salubridad, pero también a la socialización y el intercambio, debido a cambios normativos que limitaban su superficie y cantidad de habitaciones, dio lugar a la nueva tipología de la inmigración: la casa chorizo. Esta tipología más pequeña y destinada al uso familiar, motivó un modo de habitar lo colectivo diferente al del conventillo, además de expandir rápidamente las fronteras de la ciudad gracias al desarrollo de las redes de infraestructura y transporte. De esta manera comenzaron a consolidarse los “nuevos” barrios de Palermo, Villa Crespo, Almagro, Chacarita, Boedo, Floresta, entre otros.
El distanciamiento social y el confinamiento alteran nuestros hábitos poniendo en crisis algunos supuestos sobre la vida urbana que dábamos por aceptados, aunque aún resulta una incógnita si algunas de estas modificaciones se sostendrán una vez superada la emergencia sanitaria.
En la historia urbana de Buenos Aires es ineludible referirse a la epidemia de fiebre amarilla que entre 1870 y 1871 produjo la muerte de más de 14.000 personas, aproximadamente el 8% de la población de ese entonces.
Este hecho generó grandes cambios en la ciudad. El desplazamiento de los sectores de mayor poder adquisitivo al norte de la urbe terminó definiendo un modelo de desarrollo urbano (y de especulación inmobiliaria) que más de 150 años después continúa consolidándose en el corredor norte. La Buenos Aires aldeana con servicios públicos escasos y centros de salud básicos fue mutando en una metrópolis. En 1873 se iniciaron las obras de desagües cloacales y pluviales que todavía siguen brindando ese servicio esencial. Hacia 1875 comenzó a hacerse la recolección domiciliaria de residuos, se inauguró el Cementerio de Chacarita y hacia la década del 80 empezaron a construirse los hospitales pabellonales, que siguen formando parte medular de la salud pública del AMBA, como los hospitales Ramos Mejía, Pirovano, Álvarez, Muñiz y Tornú. La ciudad del higienismo se abría paso al ritmo de la modernidad y de la inmigración.
Lo mismo ocurriría con las tipologías de vivienda. El conventillo inevitablemente asociado al hacinamiento y la falta de salubridad, pero también a la socialización y el intercambio, debido a cambios normativos que limitaban su superficie y cantidad de habitaciones, dio lugar a la nueva tipología de la inmigración: la casa chorizo. Esta tipología más pequeña y destinada al uso familiar, motivó un modo de habitar lo colectivo diferente al del conventillo, además de expandir rápidamente las fronteras de la ciudad gracias al desarrollo de las redes de infraestructura y transporte. De esta manera comenzaron a consolidarse los “nuevos” barrios de Palermo, Villa Crespo, Almagro, Chacarita, Boedo, Floresta, entre otros.
Si bien no sería del todo prudente trazar similitudes con el contexto actual, en el que aún nos encontramos ante una gran incertidumbre, podemos establecer algunas analogías que nos llevarían a hipotetizar sobre algunos posibles cambios venideros.
Pierre Bourdieu, en su definición de habitus, plantea que a cada posición social le corresponden distintos universos de experiencias, ámbitos de prácticas, categorías de percepción y apreciación, compartidas por los individuos en esa posición social. Por tal motivo el confinamiento se vive (o habita) de diferente manera según el contexto y el habitus de cada sujeto social. La cuarentena es habitada de múltiples maneras en función de ese habitus, pero en algunas situaciones las condiciones de hábitat dificultan el cumplimiento de la misma.
En tal sentido, en las villas y barrios de emergencia, las distancias mínimas de dos metros recomendadas por el Ministerio de Salud son casi imposibles de cumplir. A esto debe sumarse que gran parte de esa población vulnerable tiene grandes dificultades para acceder al agua potable, recurso indispensable y más aún en momentos como este, en el que la higiene de manos es fundamental. En estos barrios, los índices de hacinamiento son los más altos: conviven niños y adultos jóvenes con personas de grupos de riesgo, ya sea por la edad o por enfermedades precedentes. Allí la casa no es el techo, es el barrio, y la cuarentena, a diferencia de otros contextos, se transita también en los espacios de interacción como calles, patios y pasillos comunes. Solo en la Ciudad de Buenos Aires aproximadamente el 10% de la población vive en estas condiciones, y, según cifras del RENABAP, en el conurbano bonaerense hay casi 330 mil familias habitando en forma similar.
Frente al panorama actual, la evidente necesidad de integrar urbana y socialmente a estos barrios se hace ineludible aún para los sectores que hasta hace poco negaban esta posibilidad. La justicia social sin justicia espacial no es completa.
Seguramente también existan cambios en las tipologías de vivienda. La pandemia nos trae la revalorización de los espacios abiertos y semicubiertos y, obviamente, la necesidad de contar con mayores superficies cubiertas para estudiar o trabajar. Esto eclosiona con los recientes cambios en los códigos urbanísticos y de edificación de CABA que promueven la construcción de departamentos de solo 18 m2, donde habitar confinamiento sería un duro desafío.
También resulta necesario comprender que deslindar la CABA del GBA es solo una cuestión jurisdiccional, ya que el Área Metropolitana de Buenos Aires tiene total continuidad física y funcional. Aproximadamente 7 millones de personas transitan diariamente la CABA por razones laborales principalmente y solo 3 millones duermen en ella. Todos la habitan. La planificación territorial integral del AMBA es imprescindible para afrontar los cambios venideros.
En ese sentido, el período de cuarentena nos enfrentó ante la necesidad de reducir los desplazamientos de personas. Ante estas restricciones algunos sectores de la población, ya sea por motivos laborales o educativos, se vieron obligados seguir trabajando, enseñando o estudiando a distancia, facilitados por los dispositivos virtuales. Si bien este recurso se vio forzado por las circunstancias, es interesante analizar si, a partir del uso de la tecnología, una vez transitado este período pueden reducirse estos desplazamientos mejorando la calidad de vida en la ciudad. Asimismo, si ampliamos estas relaciones a escala nacional, es interesante analizar cómo en muchos sectores del país, que años atrás podríamos haber considerado relativamente aislados, hoy resultan favorecidos por esa situación, y con mucho menor nivel de aislamiento en términos comunicacionales. Probablemente estemos frente a la posibilidad de una nueva distribución espacial, de más y mejores comunidades pequeñas, en desmedro de las grandes megalópolis, con mucha más calidad ambiental y con posibilidades de autoabastecimiento de alimentos.
Ya hace algunas décadas, Foucault planteaba que ante la emergencia de nuevos enunciados los dispositivos existentes entran en crisis hasta la aparición de nuevas visibilidades que se corresponden con esa nueva formación histórica, direccionados por las relaciones de poder que se ejercen durante esos procesos. Así como decíamos que la epidemia de fiebre amarilla trajo cambios significativos en Buenos Aires, aún resulta una incógnita saber cuáles serán las nuevas infraestructuras, los nuevos espacios de sociabilización, las nuevas tipologías de vivienda, las nuevas distribuciones territoriales. Lo que es innegable es que este acontecimiento generará cambios en las prácticas sociales que seguramente motivarán cambios en los dispositivos espaciales, ya sean de escala doméstica o urbana, que albergarán las nuevas formas de habitar post-pandemia.
*Juan Pablo Negro, arquitecto y planificador urbano.
30 de abril de 2020