Literatura
Breves apuntes sobre lo raro
Este ensayo toma como punto de partida al hongo Ophiocordyceps unilateralis, que infecta y controla el cuerpo de hormigas, para examinar la tendencia de antropomorfizar fenómenos naturales y desconocidos. Frente a esta visión antropocéntrica, contrapone la corriente literaria del new weird, que proponen un acercamiento alucinado hacia la otredad.
Por Laura Buonocore
29 de septiembre de 2026
Las fotos me descolocan porque esperaba otra cosa. Sabía que buscaba un hongo que infectaba a las hormigas pero pensé que lo vería individualmente, antes de que se fundan ambos. En su lugar, llegué casi hasta el final de Google Imágenes y solo encontré hormigas deformes con antenas larguísimas que terminan con el sombrerito clásico de los hongos y un cuerpo que se ve pegajoso, húmedo.
Al mirar las fotos, se me escapa la terminología técnica que aprendí, todo se vuelve un poco más visceral, salvaje, menos mediado por el intelecto. Acaso esa sea la única forma posible del Ophiocordyceps unilateralis: la que adopta cuando se vuelve hormiga.
No, en verdad no es así: toma el cuerpo de la hormiga, sus órganos y sistema nervioso y los vuelve suyos. Entonces: la hormiga se convierte en hongo. Busco en el diccionario de mi casa la palabra posesión. Dice: Acción de poseer o tener algo corporal. Estado psicológico que se supone debido a la penetración de un espíritu o demonio en el cuerpo de un ser viviente. Territorio que una nación ocupa fuera de sus fronteras naturales, por convenio o conquista.
No es una posesión lo que lleva a cabo el Ophiocordyceps unilateralis, ninguna de las definiciones me convence, pero el juego me divierte, también pensarlo en términos de un territorio en tanto que los cuerpos siempre lo son.
De la palabra raro dice: Que se comporta de un modo inhabitual. Extraordinario, poco común o frecuente. Escaso en su clase o especie. Extravagante de genio o de comportamiento y propenso a singularizarse.
En cambio, Mark Fisher escribe: “(…) lo raro es aquello que no debería estar ahí” y “(…) lo raro no puede solo repeler, sino también atraer nuestra atención”. Después de leer su libro, busqué obsesivamente lo raro en novelas, películas, series, e historias. Recién ahora me doy cuenta de que lo encontré en un organismo que existe en el mundo más allá del humano, y eso me gusta muchísimo.
Retomando, lo que sucede con el Ophiocordyceps unilateralis no es una posesión. A nivel celular, las esporas del hongo disuelven con enzimas la cutícula de las hormigas –una capa protectora– y distribuyen sus células por la hemolinfa, que sería algo así como la sangre de los insectos. Las células se multiplican y con sus hifas forman redes alrededor de las fibras musculares de las patas y la mandíbula para así tener control sobre ellas. Al principio, la hormiga se mueve de forma errática, vagabundea, se la nota perdida. Pronto, el hongo la lleva a un lugar húmedo e ideal para su crecimiento y, una vez ahí, la obliga a clavar la mandíbula en una hoja y mantenerse así hasta que la hormiga muere y de su cabeza brota el hongo.
En otras palabras, controla a la hormiga y la come por dentro hasta que su cuerpo está listo para usarse como soporte para su crecimiento y reproducción. Entonces, le revienta el cráneo y sale a la superficie.
La primera vez que leí sobre él fue en El Reino | Vida y obra de hongos y humanos, de la editorial El gato y la caja. Desde ahí, no dejé de cruzármelo. Cuando empecé a investigar en internet, me encontré con que le llamaban el hongo zombie u “hongo parásito que convierte a las hormigas en zombies”.
Cuanto más leía, más me molestaba la forma de decir lo que hacía el hongo. En National Geographic España: “un hongo mortal convierte a las hormigas en zombies”, “el hongo parásito ‘secuestra’ los cuerpos de las hormigas”. En otro lado leí: “¿Puede este hongo convertirnos en zombis?”. También: “el hongo ataca el cerebro de la hormiga y le obliga a morir en una fosa común cercana a su colonia”.
Me resulta absurdo siquiera sugerir que un hongo tiene una intención tan cruel como lo es torturar a la hormiga frente a sus pares.
Hay una espectacularización de la violencia hasta para hablar de seres o fenómenos naturales que no saben de conceptos como la maldad o la crueldad. Cosas que tan solo existen, suceden.
Que son parte de lo arbitrario del mundo.
Ficciones como The last of us, que toma al Ophiocordyceps unilateralis como inspiración y lo usa para construir un relato de apocalipsis e invasión, hace esto. La epidemia del hongo, cuando afecta a las personas, las convierte en criaturas humanoides, al estilo de los demogorgons en Stranger Things, con protuberancias que les salen de la cara y una voluntad irrefrenable de destrucción y violencia.
Encuentro este esquema en gran parte de los relatos de ciencia ficción, más que nada en los mainstream, y me preocupa. Me preocupa ese afán de volverlo todo demasiado humano, de convertir cualquier cosa en una cuestión de moral o de conquista. El relato no es que el hongo sobrevive y se reproduce de esa forma, sino que secuestra a los humanos o a las hormigas y los tortura hasta volverlos zombies que propagan una infección.
Hay un antropocentrismo exacerbado en este tipo de relatos, que achatan una realidad que es muchísimo más compleja e interesante, que tiene varias capas en las que se puede indagar.
Sin embargo, esto no aplica solo a la ficción, se encuentra también en los medios, los discursos políticos, religiosos, entre otros.
Ya lo postulaba Susan Sontag en La enfermedad y sus metáforas. Las metáforas, cuando son utilizadas para hablar sobre las enfermedades, no traen nada bueno. Estigmatizan al paciente, distraen de los aspectos objetivos a tratar de la enfermedad, y romantizan una experiencia compleja.
Sontag describe la terminología que se usa en particular con el cáncer, la tuberculosis, y el SIDA; un léxico ligado a lo militar y bélico. “Las células cancerosas no se multiplican y basta: «invaden». Como dice cierto manual, «los tumores malignos, aun cuando crecen lentamente, invaden». A partir del tumor original, las células cancerosas «colonizan» zonas remotas del cuerpo, empezando por implantar diminutas avanzadas («micrometástasis») cuya existencia es puramente teórica, pues no se pueden detectar. Las «defensas» del organismo no son casi nunca lo bastante vigorosas como para eliminar un tumor que ha creado su propio abastecimiento sanguíneo y que está constituido por miles de millones de células destructivas. (…) La radioterapia usa las metáforas de la guerra aérea: se «bombardea» al paciente con rayos tóxicos. Y la quimioterapia es una guerra química, en la que se utilizan venenos.”
Sin irnos lejos en el tiempo, Javier Milei dijo que el socialismo es “el cáncer de la humanidad”. Sobre esto, Sontag dice: “Decir de un fenómeno que es como un cáncer es incitar a la violencia. La utilización del cáncer en el lenguaje político promueve el fatalismo y justifica medidas «duras» —además de acreditar la difundida idea de que esta enfermedad es forzosamente mortal. Nunca es inocente el concepto de enfermedad (…)”.
El peligro de usar a una enfermedad como metáfora o de adjudicarle una intención maligna a un hongo es que se cae en un discurso moral falso, donde nociones como el bien o el mal reducen todo a un tire y afloje entre dos extremos, y los hechos se vuelven una cuestión ficticia de culpas y responsabilidades.
De esta forma, nunca se termina de llegar al centro de estos fenómenos, solo se los rodea y metamorfosea a algo conocido o algo que se puede digerir y volver parte de una narrativa alejada de lo raro o incómodo, funcional al estado, que permite controlar mejor a la gente. Lo mismo sucede con las cosas que se inventan o imaginan, como los aliens. En el imaginario social persiste la idea de que en algún momento van a venir a la Tierra a colonizarnos y destruirnos, y que físicamente son una suerte de humano desfasado, una versión desmejorada.
Creer esto impide mirar un poco más allá e imaginar algo distinto. Quién sabe cómo serán, tal vez nada parecido a lo que imaginamos hasta el momento, y eso es lo que los vuelve fascinantes.
Vengo pensando en esto hace rato y por eso me gustó tanto la novela Si sintieras bajo los pies las estructuras mayores, de Roberto Chuit Roganovich. Creo que uno de sus logros, quizás el central, está en la forma de mirar a ese organismo extraordinario y desconocido que es el bionte.
En las descripciones alucinadas de su estructura, modo de vida y supervivencia: “(…) Ishigata se figuraba al bionte como un límite o un umbral, como un espacio a medias familiar, conocido y cercano, pero sobre el que se imprimía un muro negro de desconocimiento.”
En el acercamiento a lo que es propiamente raro del bionte, sin encasillarlo en las categorías que definen a los humanos.
En el modo desafectado de narrar los momentos en que “se traga” a algunas personas, y no digo desafectado en un sentido negativo, como de falta o ausencia, sino en un sentido libre de juicio moral o sentimentalismos. No se juzga al bionte por sus acciones, como si detrás de ellas hubiese una intención de generar mal, de destruir, de dominar. “Y quizá su maravilla, tan simple, fuera su grandeza: encontrarse tan extendida por debajo de toda tierra y de todo mar, formando un único y singular ejemplar (…)” En lugar de verlo como amenaza, se lo ve como una oportunidad, hasta un milagro.
Es el tipo de new weird que me fascina, por el modo de narrar a la criatura que presenta, a la otredad, con genuino interés, en todas sus dimensiones, sin preconceptos, sin adjudicarle cualidades humanas.
Todo esto para decir: hay que detenerse a mirar el mundo y sus fenómenos, al reino animal y fungi, dejando de lado las categorías que usamos para la vida en (nuestra) sociedad. Así quizás nos encontremos más asombrados, alucinados e interesados, que es algo que hace mucha falta en el presente.
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