Artificios

¿Se puede pensar el amor?

Por Josefina Hernández
02 de noviembre de 2023

Es imposible saber cuáles son los motivos estrictamente puntuales por los que una persona se enamora de otra. En su Fragmentos de un discurso amoroso, Roland Barthes va a encontrar un nombre para el momento en que ocurre el hecho de quedar enamorado: el momento del rapto: “aquella instancia inicial en la que el sujeto amoroso se encuentra raptado (capturado y encantado) por la imagen del objeto amado”. Quedar raptado por la imagen del otro se parece muchísimo a un flechazo, a una primera elaboración del amor en la que todo lo que se juega en ese instante, se juega a través de la mirada: sin siquiera darse cuenta, hay uno que ve otro algo ―probablemente imperceptible para los demás que miran― que lo hipnotiza, y sobre eso avanza.


Quedar raptado por la imagen del otro implicaría que el amor sucede desde el momento en que se desvela aquella figura que se deja ver ante los ojos del sujeto enamorado y que ya nunca más será sólo imagen, sino el objeto amado. Lo inexplicable, entonces, lo que no puede decirse es qué de la imagen del otro me copta, me toma, me rapta. No es decible porque el problema con el lenguaje es que al momento de la enunciación, aquello que se quiere decir ya se perdió. Nunca decir va a implicar ganar algo, más bien todo lo contrario.

Lost in translation: Qué casualidad fue encontrarte justo acá

A 20 años del estreno de Lost in translation (2003), una película dirigida por Sofia Coppola, se puede pensar que una de las tantas entradas al relato que propone es la problematización de un síntoma de época, pero que es también ―y sobre todo― el problema del sujeto moderno: no podemos entender al Otro porque ni siquiera somos capaces de entendernos a nosotros mismos. Los dos personajes principales (Charlotte y Bob) se encuentran en la imposibilidad, en la falta.


En la superficie del relato que se nos presenta, se muestra una primera medida de lo imposible, que es la barrera idiomática. Ambos personajes son estadounidenses en Tokio, y ninguno de los dos habla japonés. A partir de esa primera imposibilidad de acceder al mundo que los rodea, aparecen otras: en el caso de Charlotte (Scarlett Johansson), ella se da cuenta de que el hombre con el que se ha casado hace dos años, y al que ha acompañado en un viaje de negocios a Japón, no sólo es un completo desconocido para ella sino que, lo que es aún peor e irreversible: es un idiota. Todo el tiempo se exacerba la certeza de que él jamás podrá comprender algo de lo que ella pudiera estar sintiendo porque no hay posibilidad de escucha. Charlotte intuye algo de la pérdida, pero aún no puede darle palabras.

Por otro lado, Bob Harris (Bill Murray) es un actor venido a menos, en decadencia, que ha sido convocado para grabar una campaña de whisky por dos millones de dólares en Tokio. Si bien él no tiene ningún interés en ser la cara visible del whisky Santory, precisa alejarse de su mujer y sus hijos, de su vida, como sea. A diferencia de Charlotte, Bob ya comprendió y se entregó hace mucho tiempo al sentimiento del desencuentro.


Que ellos puedan encontrarse se liga, de alguna forma, a la soledad que comparten ambos, pero no se reduce a eso, sino que aquello que hace que el encuentro se produzca es la incertidumbre. Es posible ―y atractivo― hacer el ejercicio de teorizar respecto de qué es el amor, quiénes se enamoran entre sí, cuáles son las variables que entran en juego, pero lo único cierto es que no se puede predecir ni entender qué es aquello que nos produce ganas de estar cerca de otro desde un primer momento. Charlotte y Bob comparten un lenguaje que les pertenece únicamente a ellos dos, y que queda enmarcado en la metrópoli de Tokio de inicios del siglo XXI: el lenguaje de lo no dicho, de aquello que sólo pueden comprender ―aunque no pueda explicarse― quienes se aman, aunque nunca se lo digan con palabras (porque el lenguaje no repondría aquello que sienten), y aunque parezca insólito porque se conocen hace muy poco tiempo. La escena final de la película es el epítome del silencio del lenguaje íntimo que han creado ellos (para ellos) dos: Bob Harris le susurra algo al oído a Charlotte: lo susurrado no es compartido con el espectador porque el erotismo pasa por la elipsis, por lo imaginado e imaginario, que es infinito.


Siguiendo a Alain Badiou en su Elogio del amor, “el amor es verdaderamente confiar en la casualidad”. Ambos personajes se encuentran en la ciudad de Tokio para transitarla juntos, y lo que constantemente nos dejan ver es que no les resulta difícil, sino que el avance por el espacio es casi pulsional, se avanza porque no existiría otra posibilidad que aquella en ese momento. Y ahí radica la elipsis, lo escindido, lo no dicho: la casualidad de haber quedado raptados el uno por el otro sin la necesidad de tener que explicarlo con palabras.

Kafka y Milena: Cómo amar sin el cuerpo

Casi un siglo antes del estreno de Lost in translation, Franz Kafka le escribía cartas de amor a Milena Jesenská en los años 20 del siglo pasado. Ella era una periodista casada que, interesada por el trabajo del escritor, le pidió permiso para traducir sus textos. Me atrevería a decir que para el escritor el rapto, el enamoramiento, sucede en ese preciso instante. Pero también me animaría a decir que elegir traducir los textos del escritor de La Metamorfósis es también el inicio del Amor.


La frontera indivisible entre ambos, la imposibilidad del encuentro amoroso parece quedar infundida en la elipsis: el cuerpo del ser amado no está, no puedo acceder a él, y por eso Kafka escribe, y ella responde, y a la vez traduce su obra y, finalmente, entrega la correspondencia antes de que la Gestapo la condene a dos meses de que la Segunda Guerra Mundial haya estallado. Como dirá Barthes en Roland Barthes por Roland Barthes, “La elipsis representa la aterradora libertad del lenguaje”: quien escribe puede decir casi cualquier cosa. La cobardía se reduce porque la mirada del otro no es directa, aunque está implícita incluso en las cartas. Pero, a la vez, quien escribe carece de cobardía porque se atreve a enmarcar algo del lenguaje e inmortalizarlo.


En una de las últimas cartas, K le escribe a M que estas “Sólo sirven para martirizar. Quiero verte con tanta claridad como te vi por primera vez en la calle”. El cuerpo del ser amado siempre aparece como una exigencia, como un recodo inaccesible pero aún contra toda inaccesibilidad, el enamorado va a insistir en acceder, incansablemente. Porque ante todo el sujeto enamorado es testarudo y obstinado.


En ambas obras aparece la imprevisibilidad del encuentro amoroso y, así también, en ambas obras a lo que no se accede ―sexualmente― es al cuerpo del otro. Hay un desprendimiento, aunque comienza por la imposibilidad y no porque no haya deseo, del placer narcisista de la sexualidad, y aparece lo amoroso: la posibilidad de estar con otro cómodamente, y querer seguir haciéndolo. El cuerpo del objeto amado está, pero no de manera erótica. El problema de encontrarse con otro es que supone un salto al vacío. Quien salta, se desprende del suelo, queda en una posición insegura, inestable. Como casi todo lo verdaderamente interesante y fundamental ya ha sido dicho, Dárgelos canta en Celofán: “Quizás me falto aclarar que hasta ayer fui invencible”. De eso se trata el amor: de quedar vencido y, sin embargo, continuar.

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Josefina Hernández

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