Pantallas

Medianoche en París y la posibilidad del mundo real

Por Francisco Calatayud
02 de septiembre de 2023

En 2011 vió la luz Medianoche en París, una película dirigida por Woody Allen y protagonizada por Owen Wilson. Está en Netflix, no dura más de dos horas y se las recomiendo para disfrutar en cualquier momento de la semana. La historia tiene muchas aristas: la relación de Gil con el romance, la magia de París, el rol del arte, del amor y de la muerte, el peso de la historia. Pero hay un tema principal que atraviesa todos ellos, y es nuestra relación con la nostalgia y la ficción.

El personaje principal (Gil) es un escritor casi frustrado, a punto de casarse con una mujer que no ama del todo, intentando terminar una novela sobre un tipo con un “nostalgia shop”, una tienda de memorabilia, de artefactos vintage, y que vive regocijándose en su amor por el tiempo pasado, disfrutando su eterno lamento. Esto lo encuentra en un viaje a París con su prometida y sus suegros. Durante sus planes por la ciudad de las luces los acompaña Paul, un historiador del arte, experto en pequeños datos pretenciosos, representa para Gil todo lo que él no quiere ser, y chocan en sus visiones sobre el arte y el pasado mismo.

Como por arte de magia, todas las medianoches un auto viejo busca a Gil por la misma esquina, y lo lleva a compartir veladas con Hemingway, Fitzgerald, Picasso y Gertrude Stein, todas figuras de la cultura de los roarin20’s, transportandose literalmente a los lugares donde estos se reunían a principios del siglo pasado. Allí, gracias a poder experimentar el París de antaño junto con algunos de los artistas que la eligieron para inspirarse, encuentra nuevamente su pasión por la literatura y por la vida misma, y aprende que “el pasado no está muerto, en realidad, no es ni siquiera pasado ¿sabes quien dijo eso? Faulkner, ¡y tiene razón!”. Se encuentra también ante el peligro de la nostalgia perpetua, cuando Adriana, otro de los personajes, decide quedarse en la Belle Époque, rechazando su mundo verdadero para abrazar la añoranza del tiempo pasado.

Pero Gil ve más allá de eso, y entiende que para la superación de la melancolía debe aceptar su presente eternamente, y que si quiere escribir algo significativo debe dejar sus ilusiones atrás, y la sensación de que el pasado fue mejor es probablemente una de ellas. Todo esto está especialmente motivado por su ídolo literario, Hemingway, que le dice que todo lo que escriba, mientras sea verdadero, será bueno.

Pero lo importante aquí es que no hay nunca un criterio de verdad establecido, aunque sepamos que las obras del americano están marcadas por el realismo y por sus propias experiencias de vida, sino que se refiere a la sinceridad con la que logre expresarse. La verdad acá no es entonces la correspondencia de una representación con su objeto, es mas bien una actitud frente al mundo, y que depende de cómo podamos crear fielmente una expresión artística que refleje nuestro estado interior. Y si hay alguien que puso en duda el concepto de verdad y alentó la importancia metafísica del arte, es Friedrich Nietzsche.

Foto: Póster de Owen Wilson en Madianoche en París (2011).

El filósofo alemán es conocido por muchos de sus conceptos, pero en general se lo reconoce como el mayor exponente de la post-verdad, y por tanto de la post-modernidad. ¿Qué nos dice Nietzsche al respecto? En El Crepúsculo de los Ídolos (1889), por ejemplo, nos habla de cómo el mundo verdadero acabó convirtiéndose en fábula. Uno de los temas centrales del texto es la división, creada por los filósofos, entre un mundo real y uno falso. Al principio éramos uno con la verdad, y nos fuimos alejando voluntariamente de ella hasta tener que inventarnos mecanismos para acceder a un cielo que no está ni siquiera en este mundo, que no pertenece a esta vida. Creamos una barrera gracias a la cual vivimos en una mentira, mentira identificada con nuestras pasiones sentimentales y nuestra máxima ficción, la historia. Debemos negarla para acceder a la verdad universal, al origen, a la causa, y esto solo puede hacerse gracias a la razón.

Para hacer esta crítica trae de la Antigua Grecia a Heráclito, quien enfrentándose a Parménides propuso un ser en caos, en conflicto constante entre voluntades, donde no existía de un lado algo que era y del otro algo que no, si no que la totalidad estaba necesariamente siempre en tensión. El ser y la nada, parte de un mismo todo. La manera de sobrellevar esto, para Nietzsche, es mediante la fuerza creadora del artista. Casi citando al alemán, en la película el personaje de Gertrude Stein le dice a Gil “El trabajo del artista no es sucumbir ante la desesperación, sino encontrar un antídoto para el vacío de la existencia.”

Y dice también Nietzsche que, al eliminar el mundo verdadero, también eliminamos el aparente, por lo que no es fácil enfrentar este vacío. Ya no nos enfrentamos a una dualidad clara, ya no tenemos la chance de una superación de la mentira para llegar a la verdad. Solo tenemos caos, y solo podemos atravesarlo con ficciones, con mentiras que se saben mentiras, que responden a nuestra voluntad, y que llenan el mundo constituyendo una totalidad que nunca muere, que cambia y que no idolatra conceptos caprichosos y momificados. Pero a pesar de ser un texto de hace 130 años que reproduce ideas de hace más de 2500, ¿qué tan cómodos nos sentimos con este panorama?

El paradigma tecnológico nos presenta con una dicotomía entre el mundo real y el virtual. El famoso llamado a “tocar pasto” nos aqueja cada vez que entramos mecánicamente a Twitter a leer opiniones o a Instagram a pasar compulsivamente historias. Todos nos sentimos cada vez un poco más desconectados de la realidad, más pegados al teléfono y a su mundo falso. Nos sorprendemos cuando encontramos, en la “vida real”, gente con manejo de los términos de las redes, hacemos referencia a memes, y hasta definimos nuestras relaciones según las red flags que vemos en TikTok. Hablamos de cuestiones como fenómenos virales y de si se traducen al mundo o no, o diferenciamos entre gente que opina atrás de un teclado y la que lo hace de frente. Vemos como algunos se operan la cara para parecer un filtro de Instagram, y otros que mueren por realizar desafíos virales. Nuestra actividad online, crónicamente online, repercute fuertemente en la vida política, romántica, cultural y ética de todos. La intromisión de lo virtual en lo real es cada vez más innegable.

Foto: Friedrich Wilhelm Nietzsche (15 de octubre de 1844 – 25 de agosto de 1900).

YPF

Este paradigma fue definido por el filósofo francés Jean Baudrillard como híper-realidad. El mundo ficcional que construimos los humanos en redes es cada vez más homogéneo con el mundo “real”, sin pantallas, al que creemos susceptible de ser regido por leyes no humanas, ni voluntarias, sino naturales o hasta divinas. Esta invasión secreta tampoco es un fenómeno tan nuevo, y como tantas otras cosas, Borges ya lo supo relatar.

El primer cuento de Ficciones, quizás su obra más celebrada, se llama Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. El relato es denso en filosofía y símbolos, y no podremos cubrir aquí todo su recorrido. Pero comienza con el mismo Borges en una reunion con Bioy Casares, su gran amigo. Luego de cenar, empiezan a sentirse acechados por un espejo al fondo del pasillo. Estos fueron siempre una obsesión para el escritor, y la sentencia de Bioy describe muy bien como se sentía al respecto: “los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres.” Afirma que a esta frase la leyó en una enciclopedia, en su artículo sobre la región de Uqbar, pero al buscarla en un ejemplar que tenían en la casa, se sorprendieron por no poder encontrar ninguna referencia a ella. Al otro dia Bioy lo llama, asegurando que encontró la cita entera junto a su artículo, pero los datos sobre la existencia de este país siguen siendo inconclusos. La única información certera que rescatan es que la literatura de Uqbar era totalmente fantástica, y refería toda a las regiones imaginarias de Tlön y Mlejnas.

La trama sigue la investigación del propio Borges sobre el misterio de este lugar ficcional, del que descubre que es también creación de los inventores de Tlön. Estos son unos secretos intelectuales, que formularon un mundo idealista que se entromete en el nuestro, sigiloso, con su propia cultura, idioma y geometría, tanto que al final “…desaparecerán del planeta el inglés y el francés y el mero español. El mundo será Tlön.” Explica que este es un mundo idealista, por que en él, como Berkeley, filósofo irlandés, aseguró sobre el nuestro, no existen las cosas materiales sino meramente su idea, o sea su representación en nuestra mente. En su teoría, lo único que podía ser explicado sensatamente era la aparición de fenómenos, mas no las de las cosas en sí, por lo que lo único importante era el mundo eidético. A su vez, no podía ser entendido en general, ya que solo tenemos representaciones particulares, y las abstracciones conceptuales las hacemos a partir de ellas, aunque no existan mas que por un trabajo intelectual nuestro. Tlön, por su parte, es un mundo sin mundo, una representación ideal que pareciera vivir solo en las conciencias de sus creadores, pero que mediante una silenciosa invasión busca expandirse al resto de la humanidad.

“El mundo para ellos no es un concurso de objetos en el espacio; es una serie heterogénea de actos independientes. Es sucesivo, temporal, no espacial.”

¿Y qué conclusiones podemos obtener de este breve resumen? Esta suerte de enfrentamiento nos hace entender que nuestra propia cultura, nuestro idioma, nuestras costumbres y todo lo propiamente humano que hay en el mundo no existe mas que por y dentro nuestro, asi como Tlön. Pero la postura del hombre frente a la naturaleza nos hizo siempre pensar a la cultura como algo real, que se impone y domina al orden salvaje del mundo, de los sentidos y de las meras cosas, para imponerle un orden verdadero y casi tan tangible como los propios cuerpos. Vemos enfrentados entonces mundos de dos tipos: uno presuntamente real y material, y el otro completamente ideal y ficcional. Aunque sepamos que en el fondo son lo mismo, ambos asumen su rol en el relato, pero lo interesante ocurre con el cruce entre estos paradigmas. Este da lugar a Orbis Tertius, en latín tercer mundo, pero Borges aquí no hace referencia a ninguna geopolítica, ya que para la época en la que se editó este cuento (1947) ni siquiera se conocía este término. Este tercer mundo es la síntesis de la Tierra, nuestro mundo material, y de Tlön, el ideal, y constituye al mundo textual o virtual, el campo de la literatura y, por ende, del símbolo, de la ficción.

Pero Borges, a pesar de representarlo claramente como una invasión, no juzga moralmente el asunto. No se debe defender al mundo verdadero, ni tampoco aniquilar a Tlön; lo único que merece su atención es la revisión crítica de la historia de los dos, y comprende, asombrado, que esta mezcla solo puede significar una ampliación casi inabarcable de la realidad. Borges se ve entonces en una situación parecida a la nuestra. Frente a dos mundos, uno real y físico y otro ideal y ficcional, encuentra no una división insalvable o una verdad que cuidar, sino una existencia infinitamente más rica.

Esta aceptación del universo simbólico como constituyente no sólo de nuestra realidad diaria, si no de nuestros propios fundamentos culturales e identitarios, nos puede producir una calma parecida a la que experimenta Gil al final de la Medianoche en París. En la misma escena en la que rechaza una estadía permanente en la Belle Époque, explica que le encontró sentido a un sueño que tuvo días atrás. Dice que se da cuenta de que en esa época no tienen antibióticos, pero el sentido es claramente metafórico. Gil se da cuenta de que el antídoto no está en el pasado, y que, si no logra aceptar su presente y adueñárselo, vivirá constantemente añorando una ficción de un tiempo mejor. Pero esta conclusión tiene además otros dos factores importantes a tener en cuenta.

El primero es que la crítica la hace utilizando una metáfora, o sea usando su fuerza creadora para generar símbolos que expliquen el mundo, que buscan desenmascarar la estructura detrás del problema y no solo el hecho fáctico. Pero el segundo, y creo que el más importante para nuestro problema, es que la metáfora que elige es propia de su época. Cuando Gil afirma que no tienen antibióticos, Adriana no puede hacer más que confundirse, ya que ni en 1920 ni en 1890 existía tal cosa, y esto, para mí, es clave para poder entender verdaderamente el conflicto en el que estamos.

El presente no puede ser nunca explicado con términos muertos. Nietzsche critica en su texto también al escepticismo de los filósofos, su costumbre viciosa de construir momias conceptuales, alérgicas al devenir, al cambio, y al fin y al cabo a la vida. La superación de la historia, el olvido y la aceptación de las injusticias que cometemos a nuestro pasado: esas son las maneras de atravesar intempestivamente nuestro tiempo. Asegurar el continuum entre el mundo físico y el virtual va a ser lo único que nos pueda salvar de no caer en un idealismo a la Berkeley, donde las cosas materiales sean inútiles para explicar la manera que tenemos de entender la realidad. Aun siendo algo tan nuevo y tan nuestro, tan propio de nuestra generación, este nuevo paradigma no hará más que profundizarse aceleradamente. Las diferencias entre las mismas redes sociales son ya casi insalvables, teniendo cada una sus propios códigos, referencias, formatos, y por poco sus idiomas.

Por eso, separar todavía más los aspectos en los que nos desarrollamos como sociedad sólo puede ser un agravante. Proclamar la derrota del mundo real frente a las apariencias del internet con esperanzas de revertir la situación no podrá tener nunca un efecto positivo, ya que el regreso a la vieja vida no es sólo imposible, sino que es dudosamente deseable. Así como el protagonista de la película aprendió a no escapar de lo dado en busca de un ideal perdido, nosotros debemos eliminar al mundo real para llevarnos con él también al aparente. En contra de Borges, los espejos y la cópula, las ilusiones y las generaciones futuras, son todo lo que tenemos para trabajar. A pesar de esto, no podemos dudar de que el universo cibernético tiene muchísimos problemas y consecuencias evidentemente negativas para nuestro orden social y psicológico, explicados en parte muy y correctamente por Jean Baudrillard, que merecen ser revisados. Pero podemos estar seguros de que solo así, abrazando la posibilidad de una totalidad caótica, vacía, intransitable, es que podremos, como nunca antes, narrar la época, y hacer de nuestros gloriosos años 20 una época dorada a la que los artistas del futuro quieran escapar.

Francisco Calatayud

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